miércoles, 2 de julio de 2008

Si diez años después...


Hace una década se iniciaba la etapa más gloriosa de Boca Juniors

Si diez años después te vuelvo a encontrar en algún lugar
no te olvides que soy distinto de aquél pero casi igual.

Aquello fue un gran punto de partida
pero a la vez qué fácil se te olvida
diez años después quién puede volver atrás

Si diez años después no estamos igual, qué le vas a hacer
otros diez años más y luego empezar juntos otra vez

Aquello fue una linda primavera
pero fue solamente la primera
diez años después el tiempo empieza a pesar

"Mi lado cortés" (Los Rodríguez)


Tomaba mate en mi casa de París cuando me llamó Macri. Nos encontramos en Madrid y enseguida definimos todo. En ningún momento me habló de una terna de candidatos. Mi olfato goleador me decía que había venido a arreglar en el momento...

Quizás fue una llamada del destino o quizás no, pero hoy me doy cuenta que hubo varios guiños en mi vida que me anticiparon mi relación con Boca. Si repaso mi historia, reparo en dos momentos: mi debut como jugador, en 1967 y mi despedida de Vélez, en 1984. ¿Saben qué tienen en común? Los dos partidos fueron contra Boca. Una coincidencia que hoy me llama la atención. Ya como técnico, también estuve muy cerca de ser el entrenador de Boca en el año 1995. Yo dirigía a Vélez y una noche estuve cuatro horas reunido con Carlos Heller, por entonces vicepresidente del club, hablando de un proyecto en común. Teníamos todo acordado pero en la reunión decisiva los dirigentes prefirieron inclinarse por un hombre del club como Silvio Marzolini. Era lógico: Boca venía de una larga época sin ganar títulos con técnicos extrapartidarios y no querían arriesgar otra vez.

La historia que sigue es más o menos conocida. Me fui a dirigir a la Roma a mediados de 1996, pero en marzo de 1997 dejé de entrenarla a pesar de que continuaba mi relación contractual con los italianos. Ahí decidí que debíamos tener un descanso. El mismo que no tuvimos entre el ciclo de Vélez y la Roma. Y hablo en plural porque me refiero al cuerpo técnico que conformamos con Carlos Ischia y el profesor Julio Santella. Nos tomamos una especie de año sabático, el cual aprovechamos para ver entrenamientos de equipos de primer nivel de Europa como el Real Madrid, Barcelona, Olympique de Marsella, Manchester United y Juventus entre otros. Aprovechábamos el descanso para tratar de enriquecernos, hasta que apareció Boca.

En abril de ese año, recuerdo que yo estaba en París, en mi casa de Plaisir. Una tarde, mientras tomaba mate con mi mujer Margarita y mi hija Brenda, sonó el teléfono. Era Mauricio Macri.

-Carlos, me interesaría hablar personalmente con usted.
-Mire, Mauricio, yo sé que está el Bambino Veira trabajando en Boca y me pondría incómodo un encuentro en este momento.
-No, el Bambino no está más con nosotros, por eso lo llamo. Quiero conocerlo y hablar de fútbol con usted. De proyectos...
-Bueno, ¿dónde está?
-En Madrid.
-¿Le parece que nos encontremos en su hotel? Así yo, de paso, visito a mi hijo Mauro que vive en Madrid.
-Bárbaro, nos encontramos el jueves... acá.

Llegó el día y a eso de las siete de la tarde me presenté en el hotel. Mauricio me hizo subir a su habitación y estuvimos hablando de fútbol hasta la una y media de la madrugada. Inclusive, cenamos allí. El me estudiaba. Como empresario que es, estudiaba al que está por contratar, quería saber cómo se maneja uno. Cómo me movía en distintas situaciones, en la relación con el grupo, cómo trabajaba semanalmente, cómo diagramaba la táctica del equipo, si me gustaba el plantel que tenía Boca en ese momento, si pretendía hacer incorporaciones, cómo era mi contrato con la Roma...

A las dos menos cuarto me dijo que pretendía hablar de mi contrato. "No, Mauricio, estoy más para irme a dormir que para hablar de números", le respondí. Entendió y como al día siguiente él tomaba el avión para Buenos Aires, quedamos en encontrarnos el mediodía en el aeropuerto. Nos dimos un apretón de manos y me fui a dormir a la casa de Mauro. Al otro día, nos encontramos a la hora acordada. El me dio la lista de los 51 profesionales con los que contaba Boca (me pareció una enormidad) y empezamos a hablar de cifras. El tiró una, yo otra, e iniciamos un tira y afloje. Cuando nos separamos, si bien no habíamos llegado a un acuerdo total, yo ya tenía mi cabeza puesta en Boca. También recuerdo que le aclaré que, antes de cualquier decisión, quería conocer al grupo futbolísticamente. Ahí me dijo que Caniggia le había comunicado que no quería jugar más en el país y que no estaba garantizada la continuidad de Latorre ni la de Fabbri. Me explicó que tenía ofertas por ambos y que, si no me oponía, Boca los iba a vender. Yo siempre fui de la idea de que a los futbolistas no se les puede coartar la libertad de mejorar económicamente. Así que no me opuse.

También le puse en claro que yo quería trabajar con Carlos Ischia y Julio Santella: los tres vamos juntos a todos lados. Por suerte, Macri no me puso ninguna traba: sino, no firmaba. Eso sí, en donde acepté la propuesta de Macri fue en el tema médico. Me dijo que el club contaba con profesionales del fútbol amateur muy capacitados. Después me interioricé por intermedio de Ricardo Coppolecchia, el doctor de Vélez, que me habló muy bien de Jorge Batista y Rubén Araguas, el kinesiólogo. Me aseguró que eran muy capaces.

Me acuerdo que , por ese mes, se hablaba de que había una terna de candidatos: Passarella, Brindisi y yo. Pero en ninguna de las charlas que mantuve con Mauricio, él me citó este sitema de elección. Es más: me dio la sensación de que me había ido a buscar para firmar todo de entrada. Lo intuía, lo olfateaba. Y la verdad que si en mi carrera de goleador no hubiera tenido un buen olfato, me habría muerto de hambre.

El asunto es que yo volví a París y Mauricio a Buenos Aires. Habíamos quedado que él me llamaba para hacerme la oferta económica definitiva y para decirme si la comisión directiva aprobaba mi ingreso. Así fue. El 24 de mayo me mendó un fax con la propuesta económica -que acepté- y con el "sí" de sus pares. Ya era el técnico de Boca, aunque no podía firmar porque yo tenía un contrato vigente hasta el 1º de julio con la Roma. Hasta ese día no podía entrar en funciones en ningún otro club. Así que les dije a Ischia y Santella que fueran estudiando elplantel y planeando la pretemporada en Tandil.

El asunto es que el 26 de mayo me tomé un avión y el 27 estaba en Buenos Aires para la presentación oficial. Me acuerdo que, en la conferencia de prensa, pensé que por primera vez en Argentina iba a defender los colores de una camiseta distinta a la de Vélez, que iba a tener que invertir mi esfuerzo en otro club, cosa que nunca me había pasado en mi vida. Sentir, entonces, que debía trabajar para otro club... no sé, fue una sensación extraña. Yo no era de la familia boquense y sabía que me iban a mirar con veintiocho ojos, no con cuatro. Iban a estudiar cada actitud que yo tuviera. Me iban a proner a prueba y es una cosa lógica: no me conocían.

Así y todo estaba tranquilo. Tenía la satisfacción de volver a trabajar en Argentina y en un club tan importante como Boca Juniors. Todos, por la calle, me decían que Boca me iba a volver loco. Me hablaban del club como una carga y no como un placer. Eso lo tomé como un desafío. ¿Presiones? Nooo... Presiones son las que tienen los hombres que se levantan a las cuatro de la mañana para cargar bolsas en el puerto y deben llegar a fin de mes con trescientos pesos. Nosotros trabajamos en lo que nos gusta y, encima nos pagan.

Lo cierto es que después de la conferencia de prensa quise conocer las instalaciones del club. Fuimos con Santella y recorrimos la zona de Casa Amarilla. Los vestuarios de la cancha grande se habían quemado y Macri me preguntó si queríamos hacerle algún recambio. Yo los veía tan cómodos que no me pareció importante agregarle algo más. A mí me gustan los vestuarios amplios. La verdad es que quedamos muy satisfechos con las instalaciones y enseguida decidimos trabajar en el club.

Hacía cinco años que Boca trabajaba afuera, en el Hindú o en Ezeiza. A mí me parecía una pena no aprovechar las instalaciones que teníamos al lado. Por qué? ¿Teníamos miedo que nos insultaran? Siempre están esos riesgos, pero hay que asumirlos. Por suerte, esta historia arrancó bien. A mí me gusta trabajar en la cancha oficial. Si estuviéramos lejos, tendríamos que cambiar constantemente de programa. A mí me gusta la rutina, al jugador de fútbol le gusta la rutina. Le gusta tener su punto de referencia, dejar el coche siempre en el mismo lugar, hacer siempre el mismo camino. Y no por cábala, ¿eh? Yo creí que era una pena dejar de lado un material tan lindo como tiene Boca en la Casa Amarilla. Tener tres canchas para trabajar es lo ideal. Físico en una, pelota en otra, y otra cosa en la que queda. Un placer. Era una pena desaprovechar todo ese capital.

Además si uno va cada tanto allí o a la Bombonera es visitante, como el que viene una vez cada tres meses. Yo quería que esto fuera natural, que el jugador de Boca llegara a la Bombonera y se sintiera como en su casa. Así, cuando llega el domingo, el jugador no extraña su casa. Eso para mí es fundamental. Otro detalle importante que estudié fue el de la utilería. La gente quizás no sabe la importancia que tiene en la campaña de un equipo. Es vital. Les doy un ejemplo: yo soy tan exigente que nunca suspendo un entrenamiento por lluvia. Así que les pedí a los utileros que siempre tuvieran preparados los botines con tapones para cancha pesada. Y los tipos cumplen. Jamás me fallaron. Aparte, Roberto Prado, el jefe, tiene una gran experiencia porque fue jugador del cub y sabe cómo manejar los elementos.

Yo pretendo que todos los días se entrene con zapatos de fútbol, hasta cuando los jugadores hacen la parte física. Para el futbolista, el botín tiene que ser como un mocasín. El jugador argentino usa el zapato de goma, pero los días de lluvia no son lo mismo. Un Riquelme no juega con aluminio. ¿Por qué? Porque le gusta pisarla. Para eso, la goma es mejor. Pero no para mantenerse en una cancha pesada. Lo cierto es que la cancha, en aquel mes de mayo, ya estaba a mi disposición. Se había abierto el juego. Tenía que empezar a ordenar las fichas.

La pretemporada

Siempre, para un técnico nuevo, la etapa más difícil es la del conocimiento. Uno no sabe los tics, las manías, las capacidades físicas ni el comportamiento grupal de los jugadores. Por eso, la pretemporada que realizamos a principio de julio en Tandil fue fundamental. Me acuerdo que llegué a La Posada de los Pájaros el 2 de julio a la tarde. Hacía frío y viajé en un avión privado contratado por Macri. Enseguida me reuní con Santella e Ischia, quienes me volvieron a comentar como venía trabajando cada muchacho. En general, todos los pasos se iban cumpliendo de acuerdo a lo planeado. Claro, Carlos y el profesor estaban con ellos desde el 20 de junio mientras yo comentaba para Telefé los partidos del Mundial de Francia. Si bien tenía contrato hasta la final, Torneos y Competencias me permitió volverme antes para asumir en Boca. Y es el día de hoy que se los agradezco.

Yo quería estar en lo mío, trabajar en un campo de juego, conocer a los jugadores, mirar, observarlos. Después de mi paso por la Roma y del parate, otra vez me había agarrado la ansiedad por dirigir. ¿Y saben que hice apenas llegué? Ordené hacer fútbol. Antes de empezar el picado, cité a Martín Palermo y Guillermo Barros Schelotto y les dije que iban a ser los titulares en el primer partido del campeonato, que era el 9 de agosto. Esto fue en el círculo central y estuve 10 minutos hablando con ellos. "Desde ahora tiene que prepararse porque van a ser las figuras del campeonato", les dije. Yo estaba seguro de sus cualidades. Ya los conocía. Y atención que Martín venía de una operación de meniscos. En la pretemporada había trabajado correctamente, pero había tenido unos pequeños problemas. "Se casan", les dije. Tengo la costumbre de usar esa frase cuando dos jugadores se complementen entre sí, cuando se necesitan.

En esos días también afrontamos algunos amistosos. Debutamos ante Rosario Central y luego realizamos unos encuentros por Mendoza. A esa altura ya sabía que iba a jugar con cuatro atrás. Me encontraba con jugadores para plantar un sistema de hombre en zona. A un Bermúdez por ejemplo, no le tengo que agrandar los espacios con otro esquema. A un Samuel no lo veo para jugar de líbero, aunque tiene capacidad, velocidad para salir y timming. Además, tenía a laterales con marca que podían ser salida, como Ibarra y Arruabarrena. Yo tengo que ver el sistema que más le conviene a ellos, si quiero que rindan al máximo.

Mauricio Serna me parecía ideal para jugar delante de la línea de cuatro, porque cumple su rol a la perfección. No me convencía como un volante con salida, aunque le pegue como los Dioses a la pelota y cambie bien de frente. El tenía que convertirse en la frontera de la defensa. Al resto ya los notaba enganchados. Cagna, Navas, Riquelme...

En esa etapa los que no habían trabajado fueron José Basualdo y Gustavo Barros Schelotto. José porque no había arreglado su situación con el club. Había pasado por España, Extremadura y el Jaén y recién volvía al país. Yo lo quería en el plantel, pero primero debía resolver su situación con la institución. Habló con Macri y se incorporó, a pesar que no trabajó como el resto del grupo. Ischia me venía diciendo que le parecía una pieza importante.

En la parte humana también los fui conociendo. Por mi forma de ser, trato de aconsejar a los jugadores. Que coman bien, que duerman. Siempre les digo que el fútbol no se termina solamente al mediodía cuando se van del entrenamiento. Afuera tienen que seguir conduciéndose profesionalmente. No les digo que duerman doce horas o que coman sólo pastas. No, como todas las personas son distintas, hay chicos que necesitan dormir siete horas y otros nueve. A mí eso no me importa. Sí que duerman lo que necesiten. Todos los seres humanos tenemos un metabolismo diferente.

En otras cosas puntuales también soy de aconsejarlos, como en la compra de algún departamento. Siempre es mejor comprar que alquilar. Y siempre es mejor comprar una casa antes que un auto. También les insinué que no arriesguen al conducir. Cuando llegó Antonio Barijho, vino con un chofer. A mí me llamó la atención, tanto que le pregunté. El pibe me sorprendió cuando me dijo que no sabía manejar. Ahí mismo le aconsejé que hiciera un curso para aprender. Antonio es un pibe bárbaro. Muchos me decían que lo vigilara de cerca porque es un chico que viene de la villa... Ustedes no saben lo sano que es.

Otro tema que me preocupaba era el perfil alto que tenía el plantel. Todos hablaban de conventillo, de cabaret, de declaraciones indomables... El hincha de Boca es exhuberante, le gusta estar arriba, le gusta demostrar que es el mejor. Ese espíritu se lo transmitían a los jugadores. Ante eso tuve que calmar los ánimos, frenar todo. Porque si entraba en esa locura, estábamos fritos. Yo soy muy particular en ese aspecto. Creo que no me deben confundir los demás, la conducta que tengo es una conducta que quiero, que la elijo yo. No puede ser que me la impongan otros. Es una actitud que he tomado como calidad de vida. Entonces que sea campeón del mundo o un ciudadano normal, para mí es lo mismo. Mis ideas están bien claras en la cabeza, no me confundo.

También les planteé algunas normas disciplinarias. El manejo cuando estamos en grupo, los horarios... Mantuve la costumbre de multar a los que llegaban tarde con el pago del asado de los viernes. Aunque tuvimos suerte porque hicimos que lo pagaran los dirigentes. Esa plata que juntamos, al final la usamos para hacer una fiesta íntima para festejar la obtención del campeonato. Pero esa es otra historia. Otra norma de conducta es que no usen los Movicom en las comidas o en los vestuarios. Me parece una falta de respeto hacia el resto. Ah... Y también les dije que se tenían que levantar temprano. Las nueve de la mañana me parece una hora ideal para entrenar. A mí me gusta porque a esa hora el cuerpo está fresco y la mente abierta. Pero para eso no deben trasnochar. También les dije que podían asistir como invitados a los programas de televisión pero no con un compromiso contractual. Una vez cada quince días estaba bien, pero no más.

Por aquella época del año, recuerdo que empecé a tener contacto permanente con Jorge Griffa. Yo valoraba mucho su trabajo. Cuando tenía tiempo iba a ver las inferiores. Tenía que mantener un contacto con el que conoce a los jugadores. Y Jorge, al igual que García Cambón, son dos hombres que tienen un ojo clínico para medir la capacidad de los chicos.

Tandil sirvió muchísimo. Ahí nos conocimos todos, establecimos las pautas de trabajo y también me sirvió para descubrir a dos jugadores: Adrián Guillermo y Christian Giménez. A Guillermo, el primer día que lo vi, en un partido desbordó cinco veces. Entonces ya sabía lo que me podía dar. De a poquito, al igual que a Giménez, lo fui incorporando al trabajo de los profesionales. En ese y otros aspectos, la pretemporada cumplió un rol decisivo en el resultado final. Diría que la gran base, los principales pilares de esa campaña, se fueron formando en Tandil. Y por la definición de esta historia, puedo afirmar que todos los pasos que dimos en aquel primer encuentro, el más complicado para cualquier técnico, no fueron equivocados. Por suerte.

Diez años después... ¿quién puede volver atrás?

2 comentarios:

  1. Capo, por problemas con el dominio, mi .com.ar no funcionará por buen tiempo. Podrías modificar mi vínculo en tu sitio a basquetazulyoro.blogspot.com ? Muchas gracias.

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  2. Què pedazo de informe!!!

    Al leerlo me emocionè...

    Aguante Boca!!
    Muchas gracias

    Martìn de Burzaco

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